jueves, 20 de septiembre de 2012

Dos mundos


La máquina, le dicen los grandes. Pero si fuera una máquina, no hubiera errado el disparo por quedarse sin balas justo cuando me quedaba dos de vida y mucho menos se hubiera enojado como se enojó cuando al minuto cuarenta del segundo tiempo le metí el tiro libre fuerte al medio, y por eso me lo dio vuelta en dos jugadas, pase pase corrida gol, pase pase pase pic golazo.
Una máquina no hace esas cosas.
Cuando estoy solo y no puedo salir, ni mis palabras leyendo un libro ni la voz sin atención de la tele me acompañan, así que me pongo a jugar. En el juego cada uno se muestra como es, y con él ya nos tenemos de memoria. Somos él y yo, siempre los mismos y nos damos cuenta de lo que le pasa al otro en un segundo. Cuando está enojado se desespera por ganar, así que me dejo un poco. Prefiero perder tranquilo sabiendo que nos estamos divirtiendo los dos. Cuando estoy mal yo, sé que se da cuenta porque empieza a hacer todo raro. Juguemos a lo que juguemos, hace muy bien cosas muy difíciles y se equivoca en cosas tontas. Yo creo que lo hace para distraerme y engancharme a la vez, porque como puede salir con cualquier cosa, me obliga a meterme más en el juego. Es cuando mejor juego, cuando me cuesta ganarle porque está igual de preocupado en no perder que en no ganar, para que no se termine, para que el juego dure lo más posible.
Al principio, pensaba que era yo el que elegía el juego. Pero después de muchos días, me di cuenta de que siempre terminamos jugando a lo que quiere él. Y está bien, porque ya me conoce tanto, que sabe mejor que yo lo que necesito cada día. Por eso también juego cuando puedo, porque no me gusta dejarlo esperando. Quizás me necesita y no puedo dejarlo solo. No ahora que es como un mejor amigo, como un hermano, aunque nunca nos hayamos conocido en persona.
Pensando mejor y viendo todo el tiempo que me paso jugando con él, entiendo ahora que los papás y los abuelos de él seguramente también me llamen máquina.

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