jueves, 12 de abril de 2012

Pistola de Rayo®


Se perseguían a los tiros por toda la casa. Entre bangbangs y ratatatatatás infinitos se escuchaban las respiraciones alteradas y los zapatos corriendo llenos de excitación. El espacio entre el sillón y el marco de la puerta del living parecía un campo abierto de cien metros de una trinchera a otra.
Cuando asomaba un pie distraído, la bala salía con explicación y era bang, te dí en el pie, que no dejaba mucha opción al escondido más que pegar el grito de dolor por una herida que iba a curarse sola dos minutos después. Había tiros ptiú que nacían errados para asustar pasando cerca de la cabeza y apurar el próximo contraataque. Y también había beinnnngs que eran los que rebotaban y obligaban a esconderse en el medio de tanto descontrol.
Con la muerte imposible, ganaba el más vivo, el que sabía atacar con ingenio. El que actuaba rápido y no dejaba lugar a discusiones que interrumpieran el tiroteo invitando al combate cuerpo a cuerpo. Lo más importante era apuntar y disparar mirando al enemigo a los ojos, mostrar el arma y anunciar el final del otro con el dedo, el ruido y el movimiento coordinados.
El del medio siempre elegía armas largas. Ocupaba las dos manos a cambio de ráfagas gritadas a todo volumen que rompían todo y que ganaban en cada enfrentamiento por lo menos un empate. El mayor era más prudente con sus cargas. Como francotirador veterano, prefería desaparecer y sumar puntería y efectividad. Un tiro, un herido. Tirar y cambiar de posición. El tercero improvisaba. Pero no por confianza en sus habilidades, sino porque siendo el más chico, no existían para él los códigos de honor. En las dos manos empuñaba armas siempre cortas y livianas con balas infinitas. Y aunque sólo disparaba cuando se veía acorralado, era el más peligroso de los tres desde que había conseguido el monopolio de un arma insuperable, de daño diseñado. Un solo disparo de su Pistola de Rayo® terminaba la guerra, porque más rápido que la velocidad de la luz, en el tiempo entre que apretaba el gatillo y el láser daba en el blanco, decidía el efecto del impacto. Podía ser bzzzzzz, hice desaparecer todo, o bzzzzzz, los dejé dormidos, o bzzzzzz, les exploté las armas de ustedes. De una forma o de otra, los ataques terminaban siempre en el arbitraje de mamá que mientras servía galletitas de la paz, felicitaba al menor por la nueva tecnología.