miércoles, 15 de agosto de 2012

El sombrero escapatorio

Dos ojos y una mano invitados: Joco

Creo que el dolor fuerte llegó cuando la maestra me dijo que nunca me olvidara de eso porque me iba a servir para la vida, ¿puede ser?, le preguntó al Doctor, como si este señor por tener un delantal puesto pudiera ver más allá de lo evidente. ¿Y qué fue lo que no tenías que olvidarte?, repreguntó el otro para salir del momento de ignorancia, típico de grande. No sé, no me acuerdo, y se puso a llorar.
Durante dos días se quedó en casa. Después salió. Se sentía mucho mejor.
Necesitaba vacaciones, les contó a los otros del colegio cuando volvió. Pero esa misma tarde, tengo que hacer firmar el cuaderno, mañana se entra quince minutos más temprano y 1492 le trajeron el dolor de vuelta.
Esta vez, y con cara de alivio, el médico tenía una respuesta. No es grave. Solo tiene demasiadas cosas en la cabeza. Entra mucho y sale poco, eso es lo que pasa, y desapareció atrás de un biombo celeste. Al ratito volvió con un sombrero bordó. Tomá, esto es mío. Te lo presto. Llevalo puesto estos días y cuando te apriete un poco, salí a dar una vuelta. Caminá, despejá la cabeza. Metete en una plaza, andá a pasear al lago, lo que vos quieras. Pero evitá que se te metan cosas nuevas.
Siguieron semanas de mucho paseo, de permiso para salir de la clase y de mamá ya vengo. Un tiempo de libertad mentirosa, de descansos recetados que se terminaban cuando el sombrero se sentía grande de nuevo. Y a esperar el próximo dolor.
Pero de a poco empezó a ser menos importante si el sombrero quedaba chico o si de verdad dolía. Empezaron todos a creerle sin preguntar. Me siento mejor si salgo era suficiente para salir sin más explicaciones. Y aprendió a olvidarse del sombrero.
Un jueves le pareció bien pasar por el consultorio a devolvérselo al Doctor que se lo había dado. Hola, esto es del Doctor. Hola, gracias, dejalo ahí, que cuando venga se lo doy. El Doctor no está hoy. Faltó. Le dolía la cabeza.