Andádormir. Y un poco con sueño y otro poco no, obedeció. Cuando llegó a la cama y corrió el almohadón, se encontró con Yan.
¿Qué te pasó? Estaba de otro color, violeta y rosa, pero diferente. Más claro, más nuevo. ¿Qué te hicieron? Lo abrazó fuerte, preocupado, ignorando el olor a jabón, y enseguida lo separó para mirarlo otra vez a la cara. Yan, ¿sos vos?, preguntó, mientras lo daba vuelta para encontrar la etiqueta.
Era.
La tranquilidad le duró segundos, porque vio que el pulpo Yan de los ocho abrazos ahora tenía siete. Le faltaba un tentáculo. Tenía otro agujero, justo abajo de la boca, que escupía goma espuma. Sangraba relleno. ¡No, Yan! ¿Quién fue? ¿Quién te lo arrancó? Y lo abrazó de nuevo, apretándolo como si en ese abrazo sostuviera los siete brazos que quedaban sanos.
Yan.
Pensó en pedir ayuda pero se aguantó, porque ya sos grande para dormir con ese muñeco, había dicho mamá el día que de golpe se olvidó el nombre de Yan.
Se aguantó. Y así, pegado al pulpo de trapo limpio, cansado de preguntas que no quería responder, se quedó dormido. Sabiendo que seguramente el culpable de lastimar a Yan iba a aparecer en alguna pesadilla para volver a atacar. Pero no te asustes Yan, que estamos los dos juntos como siempre. Y por primera vez en seis años, Yan pudo descansar y sentir lo que era recibir abrazos en lugar de darlos.
¿Qué te pasó? Estaba de otro color, violeta y rosa, pero diferente. Más claro, más nuevo. ¿Qué te hicieron? Lo abrazó fuerte, preocupado, ignorando el olor a jabón, y enseguida lo separó para mirarlo otra vez a la cara. Yan, ¿sos vos?, preguntó, mientras lo daba vuelta para encontrar la etiqueta.
Era.
La tranquilidad le duró segundos, porque vio que el pulpo Yan de los ocho abrazos ahora tenía siete. Le faltaba un tentáculo. Tenía otro agujero, justo abajo de la boca, que escupía goma espuma. Sangraba relleno. ¡No, Yan! ¿Quién fue? ¿Quién te lo arrancó? Y lo abrazó de nuevo, apretándolo como si en ese abrazo sostuviera los siete brazos que quedaban sanos.
Yan.
Pensó en pedir ayuda pero se aguantó, porque ya sos grande para dormir con ese muñeco, había dicho mamá el día que de golpe se olvidó el nombre de Yan.
Se aguantó. Y así, pegado al pulpo de trapo limpio, cansado de preguntas que no quería responder, se quedó dormido. Sabiendo que seguramente el culpable de lastimar a Yan iba a aparecer en alguna pesadilla para volver a atacar. Pero no te asustes Yan, que estamos los dos juntos como siempre. Y por primera vez en seis años, Yan pudo descansar y sentir lo que era recibir abrazos en lugar de darlos.
