Era él solo. Todas las noches salía con la capa brillante y recién planchada, y gastaba más los nudillos que las suelas de sus botas salvando a cantidad de personas en problemas. A la mañana siguiente leía todos los diarios. Salteaba las páginas que hablaban de él, buscando los artículos de todo lo que no pudo evitar. No necesitaba comer, pero desayunaba un café y tostadas con manteca y azúcar todos los días. No se puede resolver un problema que no se entiende. En esa experiencia de persona normal sin hambre conectaba con olores y sabores. Por algunos minutos, encontraba el placer en la soledad, compartiendo el recuerdo feliz con nadie más. Leyendo palabras sueltas, se daba cuenta de que el miedo tenía que ver con perder la posibilidad de momentos como ese. Entre tragos al café y mordidas a las tostadas, repasaba titulares con heridos, robados y chocados, para los que desde ese día, no morir iba a ser más importante que vivir. Entendió y se sintió responsable.
Lavó los platos y llamó a la policía para avisar que quizás se tomaba el día. Era algo que hacía siempre, para que la policía no se confiara y actuara al máximo de su capacidad. Enjuagó y puso a secar el uniforme y se tiró boca arriba en el piso de su cuarto que no tenía cama, con la cara en la poca luz que entraba por la persiana casi cerrada. Tenía que encontrar la manera de llegar más rápido de un lugar a otro, de evitar elegir siempre entre la menor de dos desgracias que pasaban al mismo tiempo.
En una de esas era hora de pensar en un equipo o por lo menos un compañero. Sabía que no era una decisión fácil. La compañía es ayuda para hacer más, pero también es ayuda que se necesita, y de las necesidades es difícil volver. En ese segundo trágico se dio cuenta. Ninguno de sus poderes iba a alcanzar para salvarlo de esta nueva debilidad. Se sentía solo.
Lavó los platos y llamó a la policía para avisar que quizás se tomaba el día. Era algo que hacía siempre, para que la policía no se confiara y actuara al máximo de su capacidad. Enjuagó y puso a secar el uniforme y se tiró boca arriba en el piso de su cuarto que no tenía cama, con la cara en la poca luz que entraba por la persiana casi cerrada. Tenía que encontrar la manera de llegar más rápido de un lugar a otro, de evitar elegir siempre entre la menor de dos desgracias que pasaban al mismo tiempo.
En una de esas era hora de pensar en un equipo o por lo menos un compañero. Sabía que no era una decisión fácil. La compañía es ayuda para hacer más, pero también es ayuda que se necesita, y de las necesidades es difícil volver. En ese segundo trágico se dio cuenta. Ninguno de sus poderes iba a alcanzar para salvarlo de esta nueva debilidad. Se sentía solo.

