lunes, 27 de febrero de 2012

Día y noche


Era él solo. Todas las noches salía con la capa brillante y recién planchada, y gastaba más los nudillos que las suelas de sus botas salvando a cantidad de personas en problemas. A la mañana siguiente leía todos los diarios. Salteaba las páginas que hablaban de él, buscando los artículos de todo lo que no pudo evitar. No necesitaba comer, pero desayunaba un café y tostadas con manteca y azúcar todos los días. No se puede resolver un problema que no se entiende. En esa experiencia de persona normal sin hambre conectaba con olores y sabores. Por algunos minutos, encontraba el placer en la soledad, compartiendo el recuerdo feliz con nadie más. Leyendo palabras sueltas, se daba cuenta de que el miedo tenía que ver con perder la posibilidad de momentos como ese. Entre tragos al café y mordidas a las tostadas, repasaba titulares con heridos, robados y chocados, para los que desde ese día, no morir iba a ser más importante que vivir. Entendió y se sintió responsable.
Lavó los platos y llamó a la policía para avisar que quizás se tomaba el día. Era algo que hacía siempre, para que la policía no se confiara y actuara al máximo de su capacidad. Enjuagó y puso a secar el uniforme y se tiró boca arriba en el piso de su cuarto que no tenía cama, con la cara en la poca luz que entraba por la persiana casi cerrada. Tenía que encontrar la manera de llegar más rápido de un lugar a otro, de evitar elegir siempre entre la menor de dos desgracias que pasaban al mismo tiempo.
En una de esas era hora de pensar en un equipo o por lo menos un compañero. Sabía que no era una decisión fácil. La compañía es ayuda para hacer más, pero también es ayuda que se necesita, y de las necesidades es difícil volver. En ese segundo trágico se dio cuenta. Ninguno de sus poderes iba a alcanzar para salvarlo de esta nueva debilidad. Se sentía solo.

lunes, 6 de febrero de 2012

Ensalada kung fu


José era José mucho antes de nacer. Antes de quedar embarazada, antes de conocer a su novio, marido y papá de José, la mamá sabía que iba a tener un hijo y que se iba a llamar así. José, porque es un nombre puro, bueno, sin tiempo, simple y transparente.
Pero José nació y a las emociones el nombre le quedó chico. José fue Jose, Jo, Jochi, Josecito, Jojito, Chochi, Pipipi y Pepi, dependiendo el día, el humor de la casa y la fuerza del abrazo. José quedaba para el reto. José, vení para acá, mirame cuando te estoy hablando.
Cuando empezó el colegio, los amigos eligieron el Pepi que varias veces le escucharon a la mamá. Pepi, pasala. Pepi, ¿querés ser mi novio? Voy a lo de Pepi. ¿Qué mirás, Pepi? Y José era para cuando tomaban lista, hasta que los maestros lo conocían y también terminaban en Pepi.
Después de una de Jackie Chan, Pepi pidió ir a Kung Fu. No había cerca de la casa, así que lo anotaron en lo que encontraron, parecido, con traje, cinturones y patadas. Pepi era bueno y le ponía muchas ganas. Fue pasando de cinturón y en pocos meses casi llegaba a abrirse de piernas.
Un día el profesor vino serio y le dijo a Pepi que lo había anotado en un torneo. Pepi, no importa ganar. Importa que practiques lo que aprendiste. Concentrate y todo va a salir bien.
Cuando llegó la primera lucha, Pepi estaba nervioso. Le tocó contra un pelirrojo grandote. Pepi, tranquilizate y acordate de todo lo que hablamos, le dijo el profesor. No hay momentos de ataque y de defensa, es todo lo mismo. Ahora andá y divertite. Y empezó la pelea.
Dale, Pepi, tranquilo, el profesor lo acompañaba desde afuera. Concentrado, Pepi. El pelirrojo era grandote pero lento. Pepi se movía rápido y de a poco ganaba confianza. Pasaban los segundos y se daba cuenta de que podía ganar. Adivinó la intención del colorado y esquivó una patada, respondiendo con otra directa al medio del pecho. El público amigo de Pepi estaba feliz.
La mamá, entre el orgullo y el miedo de ver a su hijo peleando, se levantó y gritó ¡Bien, Pepino! con toda su alma. El grito quedó solo en el silencio del público, luchadores, entrenadores y otra gente, y entró derecho a la cabeza de José, que dejó de sentirse Pepi para siempre.
Pepino ganó la pelea pero perdió el nombre. Pepi no existía más. Esa tarde volvió José, con su mamá con voz de enojada y el resto de la gente con cara de desconocida.