José era José mucho antes de nacer. Antes de quedar embarazada, antes de conocer a su novio, marido y papá de José, la mamá sabía que iba a tener un hijo y que se iba a llamar así. José, porque es un nombre puro, bueno, sin tiempo, simple y transparente.
Pero José nació y a las emociones el nombre le quedó chico. José fue Jose, Jo, Jochi, Josecito, Jojito, Chochi, Pipipi y Pepi, dependiendo el día, el humor de la casa y la fuerza del abrazo. José quedaba para el reto. José, vení para acá, mirame cuando te estoy hablando.
Cuando empezó el colegio, los amigos eligieron el Pepi que varias veces le escucharon a la mamá. Pepi, pasala. Pepi, ¿querés ser mi novio? Voy a lo de Pepi. ¿Qué mirás, Pepi? Y José era para cuando tomaban lista, hasta que los maestros lo conocían y también terminaban en Pepi.
Después de una de Jackie Chan, Pepi pidió ir a Kung Fu. No había cerca de la casa, así que lo anotaron en lo que encontraron, parecido, con traje, cinturones y patadas. Pepi era bueno y le ponía muchas ganas. Fue pasando de cinturón y en pocos meses casi llegaba a abrirse de piernas.
Un día el profesor vino serio y le dijo a Pepi que lo había anotado en un torneo. Pepi, no importa ganar. Importa que practiques lo que aprendiste. Concentrate y todo va a salir bien.
Cuando llegó la primera lucha, Pepi estaba nervioso. Le tocó contra un pelirrojo grandote. Pepi, tranquilizate y acordate de todo lo que hablamos, le dijo el profesor. No hay momentos de ataque y de defensa, es todo lo mismo. Ahora andá y divertite. Y empezó la pelea.
Dale, Pepi, tranquilo, el profesor lo acompañaba desde afuera. Concentrado, Pepi. El pelirrojo era grandote pero lento. Pepi se movía rápido y de a poco ganaba confianza. Pasaban los segundos y se daba cuenta de que podía ganar. Adivinó la intención del colorado y esquivó una patada, respondiendo con otra directa al medio del pecho. El público amigo de Pepi estaba feliz.
La mamá, entre el orgullo y el miedo de ver a su hijo peleando, se levantó y gritó ¡Bien, Pepino! con toda su alma. El grito quedó solo en el silencio del público, luchadores, entrenadores y otra gente, y entró derecho a la cabeza de José, que dejó de sentirse Pepi para siempre.
Pepino ganó la pelea pero perdió el nombre. Pepi no existía más. Esa tarde volvió José, con su mamá con voz de enojada y el resto de la gente con cara de desconocida.
Pero José nació y a las emociones el nombre le quedó chico. José fue Jose, Jo, Jochi, Josecito, Jojito, Chochi, Pipipi y Pepi, dependiendo el día, el humor de la casa y la fuerza del abrazo. José quedaba para el reto. José, vení para acá, mirame cuando te estoy hablando.
Cuando empezó el colegio, los amigos eligieron el Pepi que varias veces le escucharon a la mamá. Pepi, pasala. Pepi, ¿querés ser mi novio? Voy a lo de Pepi. ¿Qué mirás, Pepi? Y José era para cuando tomaban lista, hasta que los maestros lo conocían y también terminaban en Pepi.
Después de una de Jackie Chan, Pepi pidió ir a Kung Fu. No había cerca de la casa, así que lo anotaron en lo que encontraron, parecido, con traje, cinturones y patadas. Pepi era bueno y le ponía muchas ganas. Fue pasando de cinturón y en pocos meses casi llegaba a abrirse de piernas.
Un día el profesor vino serio y le dijo a Pepi que lo había anotado en un torneo. Pepi, no importa ganar. Importa que practiques lo que aprendiste. Concentrate y todo va a salir bien.
Cuando llegó la primera lucha, Pepi estaba nervioso. Le tocó contra un pelirrojo grandote. Pepi, tranquilizate y acordate de todo lo que hablamos, le dijo el profesor. No hay momentos de ataque y de defensa, es todo lo mismo. Ahora andá y divertite. Y empezó la pelea.
Dale, Pepi, tranquilo, el profesor lo acompañaba desde afuera. Concentrado, Pepi. El pelirrojo era grandote pero lento. Pepi se movía rápido y de a poco ganaba confianza. Pasaban los segundos y se daba cuenta de que podía ganar. Adivinó la intención del colorado y esquivó una patada, respondiendo con otra directa al medio del pecho. El público amigo de Pepi estaba feliz.
La mamá, entre el orgullo y el miedo de ver a su hijo peleando, se levantó y gritó ¡Bien, Pepino! con toda su alma. El grito quedó solo en el silencio del público, luchadores, entrenadores y otra gente, y entró derecho a la cabeza de José, que dejó de sentirse Pepi para siempre.
Pepino ganó la pelea pero perdió el nombre. Pepi no existía más. Esa tarde volvió José, con su mamá con voz de enojada y el resto de la gente con cara de desconocida.

"Pipipi"... Lo que importa es lo de adentro. En este caso se me hace que Pepino era duro por fuera pero un tierno por dentro, como Superman o Martín Karadagián, o cualquier gran luchador.
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